En enero de 2026, el jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, anunció que la Ciudad dejaría de construir viviendas nuevas en las villas. En sucesivas apariciones, aseguró que el programa de urbanización había fracasado y que “la lógica de que en una villa todos hacen lo que quieren no es correcta”.
De acuerdo con este relato, la integración de los barrios habría sido un fiasco. Lo que se invirtió en ellos, un regalo. Y la ayuda estatal que reciben, un negocio de intermediarios.
Los datos desmienten la retórica del gobierno. En 2026, el propio Instituto de Estadística y Censos de la Ciudad (IDECBA) publicó dos informes sobre la evolución de los Barrios Populares Informales entre los censos de 2001, 2010 y 2022. El primero, de comienzos de año, analiza la población, la vivienda y los servicios. El segundo, de octubre, la educación, la salud, la ocupación y la pobreza.
La evidencia producida por el propio gobierno es clara: entre 2010 y 2022, los barrios populares porteños mejoraron: se duplicó la conexión a cloacas, disminuyó el uso de gas de garrafa y aumentó la conexión a gas de red pública, descendió el porcentaje de viviendas precarias y bajó la cantidad de los hogares hacinados. Además, bajaron los delitos y creció la cantidad chicos y chicas de entre 3 y 17 años que concurren a la escuela.
Conclusión: las viviendas de los barrios populares mejoraron más allí donde el Gobierno de la Ciudad intervino. La integración, entonces, no fracasó. Se interrumpió. O, a la inversa, fracasó porque se interrumpió.




